miércoles, 25 de noviembre de 2009

SARRIA - PORTOMARIN

14/9/09
El amanecer del lunes despierta cubierto por una intensa niebla., el peregrino desde la base de la ciudad inicia la subida a la colina que domina la población, y se incorpora al camino, por el que ya transitan otros desconocidos compañeros de viaje. Cruza a la vera del convento de la Magdalena, solemnemente asentado en el coto del castro.
Sarria, soñolienta, se queda atrás. El Peregrino cruza el río Pequeno sobre un sencillo puente de madera, y nuevamente inicia una esforzada cuesta entre la penumbra del amanecer y bajo la sombra protectora de robustos robles. El lento paso a paso coge aliento del suave murmullo del bosque animado. La dura cuesta obliga a abrir la espicha del oxígeno. El bastón del peregrino, al compás del golpe seco de su base metálica, lleva el ritmo. Es la batuta del caminante que marca el compás: uno - dos, uno - dos. Ese vivo símbolo de mando, en manos del peregrino, impulsa un íntimo sentimiento de autoridad, le hace sentirse dueño de sí mismo.
Superada la esforzada cuesta, procede cambiar el compás, es preciso un nuevo desarrollo: Tac, un - dos - tres; tac, un - dos - tres. Al amanecer el peregrino contempla los campos cuidadosamente cultivados, paisaje de maizales y pastizales, mientras el camino bordea la autovía y la vía de ferrocarril. Un tren mercancías perturba la tranquilidad de las primeras horas de la mañana. Piensa que ama la historia, que es la fuente de lo que somos, y con su esfuerzo, paso a paso, día a día, transforma en vida propia parte de esa historia. El campesino también ama la naturaleza, pero la naturaleza domada. Es un sensible pedagogo que la acaricia y la disciplina. Vive de ella y para ella. El campesino sabe que la naturaleza salvaje provoca emociones salvajes, no controladas. Su simbiosis con la naturaleza solo es posible practicando el arte de la modulación, mezclando su energía, su fuerza, su emoción, con la tierra. Lo que se sustenta en el esfuerzo, perdura, porque es algo propio, proyecta parte del propio ser sobre las cosas. Las emociones incontroladas, vienen y van. La emoción del esfuerzo está siempre próxima. Los serenos maizales que tiñen de verde la superficie del altiplano es el fruto entrañable del esfuerzo del campesino, mezcla de inteligencia, tradición y voluntad.
El peregrino supera Peruscallo, camino de Cortiñas, entre robles majestuosos, y sencillas cruces construídas con alambre de pincho que semejan sucesivas coronas de espinas. Asoma la Ribeira Sacra en su vertiente norte, en la que aún no aparecen los primeros viñedos, que sí lo harán en la inmediaciones de Portomarín.
El peregrino cansado afronta la pronunciada bajada hasta el río Miño. El embalse de Belasar en su extremo norte, a los pies de la ciudad, tiene el nivel de agua bajo, y puede ver el flaco esqueleto de las viejas edificaciones anteriormente cubiertas por las aguas. En medio de la ciudad, la iglesia de San Nicolás tiene el perfil de un severo templo-fortaleza. En el escaparate de una tienda de subvenires se dibuja la planta de un pie cubierta de ampollas y tiritas, y la leyenda: "Este es el camino que lleva a la gloria". El peregrino reflexiona qué gloria está buscando para elegir el camino. Pero siempre con el esfuerzo. Como el campesino.
Mientras descansa, hojea el libro de Schoppenhauer "El amor, las mujeres y la muerte": "El mundo es un campo de batalla, en el que los seres están sometidos a una lucha tenaz y permanente para sus destrucción y la defensa de su existencia. La voluntad es el motor de la vida y del universo. La voluntad como esencia de las cosas es una fuerza viva, un esfuerzo permanente para existir y para aumentar el deseo de vivir y la vida misma". Sí, a esa voluntad de vivir, pero sin sumergirse, como el antedicho pensador, en el más agudo de los pesimismos y en su aniquilarse en la nada.. Voluntad de vivir bajo la guía permanente de una inmensa sonrisa vital.

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