miércoles, 18 de noviembre de 2009

O CEBREIRO - TRIACASTELA

Dia 12/9/09




Son las siete de la mañana, y empieza a amanecer. O Cebreiro es el abrazo tierno, delicado, auténtico de bienvenida a Galicia. Es un pequeño salón plagado de símbolos culturales. Es un rincón entrañable que exhibe la sencilla nobleza de lo autóctono.

Desde este ovillo inicial, arranca el hilo tortuoso del camino que paso a paso, día a día, irá cubriendo el peregrino. Pero... ¿qué es el camino? Esta realidad espacio temporal concreta, la interioriza, la abstrae. Tiene conciencia de que está haciendo EL CAMINO. Se siente más próximo al verso de Antonio Machado que a la gélida y austera concepción de Monseñor Escribá de Balaguer. Para Monseñor, el camino es un trazado predeterminado, un ejercicio puro de voluntad, un acto permanente de fe, sin preguntas ni respuestas. Para el poeta, el CAMINO es un permanente acto de creación, un ejercicio constante de puesta a punto y reajuste del propio proyecto vital: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Los proyectos se construyen en el marco del discurso concatenado de preguntas y respuestas.

Los tres grandes referentes occidentales de las peregrinaciones tienen soportes propios. Jerusalén es el impulso de la fe en torno a un hecho histórico, a un hecho espacio temporal. Roma represente la gran superestructura social y política que se ha derevado de ese hecho histórico. Lo abarca todo, y todos los caminos llevan a ella. Santiago es el mito, el milagro enterrado en la penumbra de los tiempos. Jerusalén es FE, Roma es ESPECTACULO, Santiago es CULTURA, POESIA.

El peregrino cruza el pequeño pueblo de Liñares, donde asoman algunos elementos de típico feismo rural. El alto de San Roque está coronado por el monumento al Peregrino. Visita a pocos quilómetros la pequeña iglesia de Hospital de la Condesa, que conserva huellas atemporales de los siglos VI, XI, XVI y XVIII. El peregrino cruza el Padornelo y se adentra en el altiplano del Alto de Poio. La solemne grandeza del paisaje transmite el espíritu de los Ancares. Montañas de bellas y sueves curvas, gragantas profundas, piel de inmensos bosques con manchas de pastizales.

Avanza a ritmo con sus soliloquios, y desgrana, paso a paso la ruta. Pasando Biduedo, contempla el monte Oribio. El goteo de peregrinos es constante y sostenido. La cultura europea convive armónicamente con los olores fuertes de los purines rurales. Los peregrinos, hijos de Babel, se sonríen unos a otros, se saludan, gesticulan reverenciandose. Es el espíritu del camino: Mentes abiertas, complicidad, proximidad. Los peregrinos no compiten entre sí, compiten consigo mismo. Cada pregrino es su propio reto, su propio desafio.

Hacia la una del mediodia el peregrino inicia la bajada a Triacastela. La montaña le empuja. De golpe han desaparecido del paisaje las manchas rojas, los "escornacabras", el toque frívolo del paisaje. En las proximidades de Triacastela aparece la reciumbre del paisaje autóctono: Castaños y robles. A las puertas de la ciudad el peregrino es recibido solemnemente por tres guardianes, tres castaños centenarios, que proyectan su inmensa sombra sobre la ruta.

Triacastela es por autonomasia, el CAMINO. Es en esencia una calle, "a rúa do peregrino", embellecida a su izquierda por el ábside románico de la iglesia de Santiago. A la vera del río Oribio es secilla, acogedora, silenciosa.

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