Mientras hace algunos días escuchaba el pulcro timbre de Ainhoa Arteta, tuve sensaciones contradictorias en este torbellino anual que es la Navidad. Porque la Navidad ya es en sí misma un gran contradicción. Los conceptos de amor, felicidad,, estética, fervor religioso, que solo tienen cabida en la esfera íntima y privada de los individuos, se convierte en el leitmotiv de lo publico. Hay un general interés de lo institucional en provocar en nosotros el impulso de sentirnos felices, de sentirnos deslumbrados por el oropel de miles de lentejuelas, de sentirnos fraternalmente unidos, solidarios, pletóricos en familia. Esa sobrecarga emocional inducida se acompaña de fuertes ingredientes comerciales. Es bien sabido que donde hay pasión y emoción, hay negocio.
El efecto frecuente que provoca este gran tinglado de la vieja farsa, este gran teatro emocional es un sentimiento febril, estado anímico de estres. En definitiva, el efecto invertido, la gran contradicción. A menudo, los conflictos latentes esperan la oportunidad navideña para saltar a escena. Cuántas fiestas que empiezan saboreando un exquisito reserva, terminan aguadas! Cuánta incontinencia tras una incontrolada e indigesta carga de expectativas!
Todos necesitamos nuestra particular Navidad. Solo es cuestión de que sepamos hacer el traje a la medida. Configurar una Navidad con denominación de origen. Es cuestión de poner en órbita emoción y razón , y que configuren nuestro belén personal. Un belén que le dé sentido y consistencia a nuestra soledad, a nuestros entrañables sentimientos familiares, que intensifique y purifique nuestro sentido de amistad, que nos enseñe un poco más a amar. En definitiva un belén que nos abstraiga de esa inmensa parafernalia y nos introduzca en un espacio de autenticidades. Que le dé sentido íntimo a eso de Feliz Navidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario