Te doy mi palabra
Un viejo amigo tiene por costumbre sellar la contundencia de sus alegatos con la reiterada muletilla “te doy mi palabra”. Consecuentemente yo no puedo evitar el recuerdo de mis primeras andanzas cuando acompañaba a mi padre para cuidar una pareja de bueyes en la feria de ganado de Verín. Se negociaba en reales. La diferencia de 25 reales podría suponer una mañana entera de tiras y aflojas. Los amigos terceros intentaban juntar las manos de los contendientes, pero el proceso tenia su propia liturgia, y su propia escenificación teatral,
como graciosamente versificaba Pemán referido a los gags de la Feria de Abril en Jerez:
“Lo de menos, quizás, es la venta
Lo de más es la gracia, el aqué,
Y el hacer que no vuelvo, y volvé
Y el darle al negocio su sal y pimienta,
Como debe sé”.
Pero llegaba el momento sagrado del sello. Se daban la mano. Se había dado la palabra. Se acabó el teatro. La palabra es sagrada.
Pablo Neruda en “CONFIESO QUE HE VIVIDO” se emborracha y se embadurna con la palabra: “Son las palabras las que cantan, las que suben y bajan…Me posterno ante ellas…Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo y las derrito”. Para Pablo Neruda, los conquistadores “se llevaron el oro, y nos dejaron el oro…Se lo llevaron todo, y nos dejaron todo. Nos dejaron las palabras”.
La capacidad constructiva y destructiva del lenguaje, de la palabra, estaba presente en la propuesta que Guillermo de Ockam le hacía al emperador Luis IV de Baviera para que le defendiera de los posibles ataques de Papa Juan XXII, y el antipapa Nicolás V: “Defende me gladio, et ego defendam te calamo”, “defiéndeme con la espada, y yo te defenderé con la pluma”, con la palabra.
Estaba yo estos días leyendo “UN CORAZON INTELIGENTE” deAlain Finkielkraut, que analizando un conjunto de obras de diferentes autores, refleja el desierto desolador provocado cuando la irracionalidad destructiva se apodera del lenguaje. Mientras despieza la obra de Fhilip Roth, “LA MANCHA HUMANA”, nos cuenta los avatares de una víctima del lenguaje. Coleman Silk era un admirado y querido profesor de la Universidad de Athena. Todos los días pasaba lista a sus alumnos, y reiteradamente dos de ellos nunca contestaban. Un dia se le ocurrió una frase graciosa, y fatal: “Do they exist or are they spooks?” “¿Existen de verdad o se trata de dos fantasmas”?. Spook, que todos los diccionarios la definen como “fantasma”, “espectro”, en una jerga ya poco usada, se refería peyorativamente a los negros. Los estudiantes absentistas, ¡qué casualidad!, eran afroamericanos. El psuami antirracista, potente y activo en la juventud universitaria, soltó toda su potencia pasional contra el admirado profesor. La jerga de la palabra dominó al diccionario. Los intentos de racionalizar la semántica de su desafortunada broma fueron inútiles. El huracán acabó con su vida profesional.
La palabra construye o destruye. Es verdad o es mentira. Puede ser un arma de destrucción masiva. Pero yo apuesto por el gran diccionario de la paz. Os doy mi palabra.
1 comentario:
¡Es magnífico! Lo enlazaré en breve, ya verás.
Perfecto en lo que dices y en cómo lo dices. Impresionante la síntesis de referencias e ideas.
Pero dejo también mi pequeño alegato en defensa de las palabras, claro, porque no son ellas las que fallan sino quienes las (mal)usamos.
Ernesto, que no sea una excepción. Más, por favor! :)
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