jueves, 26 de marzo de 2009

Semana Santa, Aborto y Pena de muerte


Todos los años la Semana Santa nos asocia en nuestras profundidades las sombras tenebrosas de la muerte. Silencio, dolor, llanto...Infinitos matices y sensibilidades nos despierta la cultura de la muerte que la invade.


Pero, acompañando a este momento litúrgico, hay asuntos político sociales, que, por asociación, llevan adherida la sombra de la güadaña: La reforma de la Ley del Aborto, y el informe anual de 2008 de AI sobre la pena de muerte en el mundo.

El Gobierno esta a punto de tramitar un nuevo proyecto de Ley sobre el aborto, y Amnistia Internacional acaba de publicar un Informe sobre la pena de muerte en el mundo durante 2008. En ambos asuntos se pasea la sombra de la muerte, y por la propia naturaleza del asunto, se tiende a posicionamientos radicalizados, y frecuentemente poco reflexivas. Pero lo que siempre me ha llamado la atención es que en asuntos donde las actitudes deberian converger, los posicionamientos son contrapuestos, o posicionados con muy diferente intensidad. Regímenes que inducen a prácticas abortivas, mantienen en vigencia la pena de muerte. Posiciones radicalmente antiabortistas, mantienen actitudes tibias ante la lacra de autorización para matar.

El aborto es un asunto presente en todas las sociedades, con respuestas políticas y morales distintas y contradictorias. Pero escasamente tratado con la ponderación requerida. los responsables políticos y sociales tienen la obligación de dar respuestas a las demandas racionales de la sociedad con la adecuada exquisitez y proximidad a la sensibilidad mayoritaria de la calle. Hay unos supuestos previstos en la Ley a reformar, que siguen plena y evidentemente vigentes, a los que procede incorporar un mayor nivel de decisión a la voluntad de la mujer que opta por ese desenlace. pero reitero que los responsables políticos deben dar respuestas a la medida de la conciencia social. El Gobierno ha optado por poner el proyecto de reforma de la Ley en manos de una ministra que frecuentemente no se ha caracterizado por actitudes de progresismo equilibrado, por lo que el proyecto de reforma no está en las manos adecuadas.

Se ha querido fundamentar las posiciones de unos y otros en informes de expertos, lo que es una falacia. En un ámbito donde la ciencia no es precisa, los informes vienen condicionados por posicionamientos previos de unos y de otros. En este contexto, el método no es válido. ¿Cuándo empieza la vida, como diría un escolástico, cuándo empieza el "sui motio"?

Hay dos puntos del proyecto, que sin duda siembran inquietud en la sociedad: El tope temporal de gestión para optar por la interrupción del embarazo, y la libre opción de una niña gestante de 16 años al margen del consenso paterno. Estos dos extremos deben reajustarse.

Pero vayamos al otro extremo: Las tibiezas (religiosas y laicas) ante la aberrante vigencia de la pena de muerte. Países guardianes de los llamados Derechos Humanos, mantienen en su cuerpo jurídico la licencia para matar. Han traspasado a las instituciones el viejo concepto medieval del señor, dueño de vida y haciendas: Y es bien sabido que esa licencia para matar se practica con frecuencia bajo el impulso mezquino de intereses electorales. Para satisfacer, por así decirlo los coros instintivos de la masa en un circo romano. La pena de muerte es una fragante invasión del César en los dominios de Dios. Es triste que la beligerancia de la Iglesia haya sido tibia, nada comparable con la beligerancia ante el fenómeno del aborto. Dotar de capacidad jurídica que una decisión humana sea dueña de la vida de otro ser humano tiene un imposible encaje en el Derecho Natural. Es la expresión genuina de la Ley del Talion, o como acertadamente dijo el condenado Andre Thomas, "la pena de muerte cambia la justicia por venganza".

El hombre, que es falible y tiene capacidad de error, se permite una decisión con efectos irreversible, y cuyo posible error no es subsanable. En EEUU, por ejemplo, cuatro condenados a muerte fueron excarcelados por haberse demostrado su inocencia. ¿A cuántas víctimas de juicios injustos el cartero no llegó a tiempo?

La estadística en el mundo es escalofriante. En el 2008, ocho mil ochocientas sesenta y cuatro personas fueron condenadas a muerte en 25 países. China a la cabeza con 1718 ejecuciones, a tenor de los datos conocidos, y la sospecha de que puede ser mayor. Irene Khan, Secretaria General de AI manifiesta en el informe: "La pena de muerte es la forma más extrema de castigo cruel, inhumano y degradante. Las decapitaciones, electrocuciones, ahorcamientos, administraciones de inyecciones letales, fusilamientos y lapidaciones n o tienen cabida en el s. XXI". Y muchas de estas actuaciones incluyen espectáculos impúdicos.

La irónica contradicción es que hay países que permiten convivir el Domingo de Ramos cantando laudas a los Derechos Humanos con el ¡muera! de Viernes Santo. Y sin sonrojarse.



1 comentario:

Isabel dijo...

No sé si comprendo bien el fondo de la reflexión y/o sus posibles conclusiones. Si el punto de partida es el “derecho a la vida”, tendríamos que incluir el criterio geográfico que se esconde tras la triste estadística que nos muestra que cada tres minutos muere de hambre un niñ@ que sí ha nacido y que no ha pasado por ningún proceso judicial.

Con la pena de muerte, muchos ecosistemas sociales intentan defenderse del inmovilismo. Con el dilema no resulto del aborto, seguimos escapándonos de las causas de un problema que la raza humana no ha sabido resolver a pesar de los avances culturales y tecnológicos de los que tanto nos gusta presumir.

Por eso también deberíamos profundizar en el significado de las palabras “muerte” y “derecho”. Porque tal vez estemos siendo excesivamente superficiales los que presumiblemente moriremos en una cama o en accidente de tráfico en alguna “operación salida”. Porque los derechos implican obligaciones que se nos escurren de la conciencia para no ver a quienes no alcanzan en toda su vida las más elementales cuota de bienestar.

Un tema complejo para nuestros acomodados estómagos satisfechos.