lunes, 22 de diciembre de 2008

Reflexión navideña

Mientras hace algunos días escuchaba el pulcro timbre de Ainhoa Arteta, tuve sensaciones contradictorias en este torbellino anual que es la Navidad. Porque la Navidad ya es en sí misma un gran contradicción. Los conceptos de amor, felicidad,, estética, fervor religioso, que solo tienen cabida en la esfera íntima y privada de los individuos, se convierte en el leitmotiv de lo publico. Hay un general interés de lo institucional en provocar en nosotros el impulso de sentirnos felices, de sentirnos deslumbrados por el oropel de miles de lentejuelas, de sentirnos fraternalmente unidos, solidarios, pletóricos en familia. Esa sobrecarga emocional inducida se acompaña de fuertes ingredientes comerciales. Es bien sabido que donde hay pasión y emoción, hay negocio.






El efecto frecuente que provoca este gran tinglado de la vieja farsa, este gran teatro emocional es un sentimiento febril, estado anímico de estres. En definitiva, el efecto invertido, la gran contradicción. A menudo, los conflictos latentes esperan la oportunidad navideña para saltar a escena. Cuántas fiestas que empiezan saboreando un exquisito reserva, terminan aguadas! Cuánta incontinencia tras una incontrolada e indigesta carga de expectativas!






Todos necesitamos nuestra particular Navidad. Solo es cuestión de que sepamos hacer el traje a la medida. Configurar una Navidad con denominación de origen. Es cuestión de poner en órbita emoción y razón , y que configuren nuestro belén personal. Un belén que le dé sentido y consistencia a nuestra soledad, a nuestros entrañables sentimientos familiares, que intensifique y purifique nuestro sentido de amistad, que nos enseñe un poco más a amar. En definitiva un belén que nos abstraiga de esa inmensa parafernalia y nos introduzca en un espacio de autenticidades. Que le dé sentido íntimo a eso de Feliz Navidad.

martes, 2 de diciembre de 2008

Afortunadamente vulnerables

Ayer tarde repasaba las coordenadas del pensamiento del humanista bulgaro-francés Tzvetan Todorov, reciente premio Príncipe de Asturias, y que magistralmente sintetiza mi buen amigo
Jose Manuel Romay en su libro "Lecturas para nuestro tiempo. Humanismo, Sociedad Civil y Democracia".
Todorov es un admirador del autor "Essais", Montaigne, del que reproduce estas estimulantes palabras: "Jamás vi en el mundo un milagro más extraordinario e ininteligible que yo mismo: con el tiempo, y la costumbre uno se habitúa a todas las rarezas; pero cuanto más me analizo y me conozco, más me maravilla mi diversidad, y menos me entiendo".
Montaigne, que fue un detractor de la esclavitud de la memoria, del seguidismo sumiso de los dictados de la historia, nos abre la ventana al mundo de las infinitas alternativas, de las virtualidades potenciales del ser humano. Este ejercicio de introspección, de autocontemplación, nos descubre las opciones que pueden ser objeto de la inteligencia libre del hombre.
Somos diversos. Gran parte del siglo XX estuvo agarrotado bajo modelos predeterminados cerrados. El cientifismo social, antesala de los totalitarismos, llevó al hombre sometido a perder el sentido de la propia capacidad creadora, del descubrimiento de su propia capacidad creadora.
Todorov llama "indeterminación" a la capacidad humana de elegir. Estamos más próximos al "todo fluye" de Heráclito, que al "ser es" de Parménides. Este estado de libre provisionalidad, le llevó a terminar su alocución en la entrega del premio Príncipe de Asturias con estas contudentes palabras: "En esta sociedad todos somos emigrantes". Estamos en un mundo abierto a opciones, somos capaces de elegir, y ello nos hace afortunadamente vulnerables. Somos capaces de transformarnos, de convertirnos, de matizar nuestros propios posicionamientos. Y, porque afortunadamente somos vulnerables, somos influenciables. Ingrid Betancourt, víctima del cerrilismo terrorista, en el mismo acto, hizo su profundo testimonio de fe en la fuerza de la palabra: "Tengo la prfunda convicción de que cuando hablamos, estamos cambiando el mundo".
Ojalá al despertar cada dia hagamos un semejante acto de fe en la fuerza de la palabra.